La brújula de Eleuteria

El grito de libertad de una, el aliento para la libertad de todas.

Alejandra Rodríguez Peña.

Pedofil¡a y misoginia: normalidad y socialización

Una vez más se prueba que la versión de izquierda conveniente para el capitalismo usa el feminismo como estrategia política cuando le sirve, pero ¿por qué nadie está hablando de la misoginia y la pedofilia como formas de socialización y adoctrinamiento habituales e históricas? 

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Por estos días el caso de Epstein ha conmocionado al mundo entero. El enscándalo debería ser suficiente para probar que las élites son ambidiestras en términos de misoginia y pedofilia. Sí, sabemos que la impunidad es la suerte de los de arriba. Por eso ninguno de los implicados están presos además de Ghislaine Maxwell y los numerosos casos de las víctimas parecen no tener peso. Aquí se prueba una vez más que la izquierda conveniente para el capitalismo usa el feminismo de estrategia política cuando le sirve, pero ¿por qué nadie está hablando de la misoginia y la pedofilia como formas de socialización habituales e históricas? 

Hasta 1993 la violencia contra las mujeres fue reconocida como un atentado a los derechos humanos,cuatro años después del reconocimiento de los derechos de los niños en la Asamblea de las Naciones Unidas. Sin embargo ¿las reformas y llamamientos conformes a la ley internacional han servido en materia de justicia? Tal parece que no hay reforma que valga para quitarles a los hombres el privilegio de violarnos y el chip de las tradiciones del patriarcado recalcadas por el consumo capitalista. ¿Cómo hacemos para despojarnos de siglos de adoctrinamiento? 

Hace unos días a mi cuenta de Instagram subí un ‘reel’ de Yanis Varoufakis en el que él admitía que había sido socializado en la misoginia desde niño y que, tardíamente había caído en la cuenta gracias a 5 mujeres importantes en su vida, pero olvidó mencionar que la pedofilia es una forma de misoginia, que también hace parte de la imposición de un deber ser implantado a mujeres y niñas durante siglos. Sí, lo atractivo de los estándares de belleza así como nuestra “virginidad” para los hombres es su sustancia pedófila ratificada en el erario cultural, religioso y narrativo de la humanidad históricamente.  

El odio a la adultez femenina es un patrón presente al interior de todas las culturas del mundo y el sistema. Es evidente y se reafirma cuando se nos impone la castración de nuestro pensamiento como deber ser. Aquí es imposible que no me detenga a pensar en cómo a las mujeres la voluntad de libertad, que ocurre primero en nuestro pensamiento, nos ha llevado al ostracismo y al exilio social. Muchas mujeres en la historia que hacían uso de su cabeza, cuando no se las quemaba por ello eran forzadas a irse de sus pueblos. A veces también nosotras buscamos exilio por nuestra cuenta por coherencia ¿cuántas porque el abusador pedófilo se sigue sentando en las reuniones familiares? ¿Cuántas mujeres de comunidades étnicas han tenido que irse de sus pueblos por la violencia de las prácticas pedófilas al interior de sus comunidades, entre ellas: trata de niñas para matrimonios serviles, explotación sexual o mutilaciones, entre otras?

No dejo de pensar en el diálogo que la harpía mantuvo con Antígona en la obra cumbre de María Zambrano en el que la primera concluye que, el motivo de exilio de la segunda es el uso de su razón. Sin embargo, al interior de las culturas, prácticas como el planchado de pechos, el uso de zapatos orientales para mantener los pies vendados y evitar su crecimiento y la mutilación genital para mantenernos “castas”, no tienen una función diferente que otros procedimientos como el del rejuvenecimiento facial y vaginal. Siglos de demonización de nuestra adultez física y de pensamiento han regido nuestra socialización. El sistema también nos ha programado para elegir nuestro yugo y con él odiar el favor que hace que el paso del tiempo pueda dotar de belleza genuinanuestra capacidad de pensamiento y reflexión. Una tara con raíz pedófila. 

Recuerdo ir a buscarle ropa a mi sobrina cuando me enteré que su mamá estaba embarazada y ver bikinis para bebitas, tacones e incluso maquillaje y notar también que la ropa de niños de las mismas edades era más amplia que la de las niñas. Nunca se me va de la mente cómo cuando era adolescente la novela de Lolita se idealizó tanto que, muchas llegamos a pensar que los pedófilos que nos pretendían a la salida del colegio, en nuestras familias y grupos de amigos no estaban mal de la cabeza. Incluso muchas llegamos a aspirar a un Humbert. Entre mis compañeras todavía se hablaba bastante de que deberíamos aspirar a un hombre mayor para que otro hombre no nos hiciera daño. También por esa creencia pedófila de que las niñas maduramos más rápido. Eso sí nunca llegamos a sospechar que ese tipo de relación, particularmente útil para el patriarcado y el sistema paralelamente, encubría además explotación de niñas y mujeres en tareas de cuidado.

Espero todo el mundo pueda cuestionar por qué “Lolita” y sus fetiches en torno a la inocencia constituyen una de las categorías pornográficas más exitosas y aclamadas por los hombres de todo el mundo. Ese apetito sexual por la sumisión que encubre no sólo cultura de violación, sino ante todo pedofilia. Espero que todo el mundo pueda cuestionar por qué esa idea central tan espeluznante nunca ha sido suficiente para cancelar a ningún escritor, o para evitar que niñas sean obligadas a tapar secretos familiares, sean explotadas por sus familias y desprotegidas a cambio de dinero o fama, promoviendo así el modus operandi de Epstein y su séquito pedófilo desde el centro de nuestras familias.

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