
Bajo la gran actuación de Ubeimar Ríos: El poeta, película de Simón Mesa, nos sumerge en la tragedia que puede ser pretender vivir de lo que se escribe. ¿Hay una manera de alcanzar cierto reconocimiento si como escritores o escritoras no gozamos de estatus, dinero suficiente, un círculo de influencias o nos negamos a hacerle propaganda a un estereotipo del país o a una agenda política con nuestras letras para ganar reconocimientos?
La defensa del estilo literario de José Asunción Silva por parte de Óscar Restrepo — de quien no conocimos ni un poema en toda la película, lo cual es una falencia dentro de la narrativa. — es una muestra clara de la necesidad de valorar un trabajo literario por su riqueza estética inherente no por su grado de complacencia a un discurso conveniente dentro de una agenda política. ¿Tenemos licencia para hacer poesía dándole protagonismo a la evolución de las caricias y los besos en el tiempo como describía el Poeta di Passo, José Asunción en su Nocturno II sin sentirnos caducos?
¿Tendríamos que hablar de narcotráfico, comunas, las tetas sin las que no podríamos tener paraíso o la precariedad en la que vivimos para que Suecia, Dinamarca o Noruega se apiaden de nosotros y nos den una subvención en algún proyecto cultural o literario? ¿Al hacerlo no tendríamos derecho a pensar que estamos en todo caso reforzando la brecha de desigualdad o la jerarquía que ejercen países con mayor PIB sobre nosotros? ¿Hasta en eso deberíamos lavarle las manos al Estado de asignarle un presupuesto decente a la cultura para no hambrear a artistas y escritores?
El personaje de Yurlady, de quien si conocimos una muestra de su poesía, escribía de la sencillez de su entorno, su vida familiar, la escuela, la luz y su habitación. Se hace un parangón necesario entre el rap y la descripción que logra la narración poética de la joven poetisa. A partir de ella, el personaje principal encuentra una redención interior, tanto por ser el padre ausente que escogió ser para su hija como el poeta que no quiso escribir de lo que sabía que tendría más éxito.
Mucha gente habla de que Óscar es todo un ejemplo de aliado de la causa feminista. Sin embargo, pese a que Óscar no es un detractor del patriarcado —requisito mínimo para llamar a un hombre “aliado” — es casi un héroe de su propia historia. Eso sí, no podemos alabar la irresponsabilidad de un padre que explota a su madre y a la madre de su hija al ser incapaz de proveer, participar activamente en la crianza, ser efectivo en la redistribución de tareas del cuidado, etc, simplemente porque no es un pervertido y no le roba la obra a una joven poetisa.
El poeta, su infantilismo, su evolución y la crítica son admirables en cuanto a logros de la actuación y la narrativa: eso es indiscutible. Digo esto aunque Óscar Restrepo enmarque un estereotipo ridículo y quizás miserable de quienes hacemos poesía. Tengo la impresión de que lo que hacemos luego de él vale menos y muy probablemente de ahora en adelante se nos vaya a relacionar con él y su desgracia. Ojalá que también lo tengan en cuenta a él y a su historia los «honorables» del Congreso a la hora de fijarnos un buen presupuesto para la cultura el próximo año y no se atrevan a recortarlo como se ha venido advirtiendo.

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