
¿Perderse para ganar al otro o ser y acontecer de vez en cuando juntos?
«Al igual que todas las circunstancias que exceden de lo normal, el fuerte sentimiento amoroso no está en condiciones de creer en su propio fin, de formarse una imagen de su muerte, de su fenecer, y se regodea tanto de la más desenfadada seguridad de vida como de la más probada fidelidad carente de erotismo».
Lou Andreas Salomé
Durante la fase del enamoramiento en relaciones monogámicas e incluso poligámicas, el afán de posesión —¡Sí, de posesión— de la otra u otras personas tiende a buscar el establecimiento de los enamorados en un mismo lugar. A la obsesión colonial naturalizada e inculcada socialmente: no le basta con la anulación de la realización personal y de las vidas de quienes integran las uniones, sino que tiene que instalar sus cámaras de seguridad y banderas en los espacios individuales en los que son y se desarrollan los otros.
Hace algunos años hablamos sobre esta disyuntiva con una pareja de amigos. Uno de ellos afirmaba que lo importante era saber qué era lo que estaba haciendo la otra persona mientras que quien es hoy su esposa soñaba con casarse por el simple hecho de protagonizar el ritual del matrimonio —cuestión que cultura, Estado, sistema y sociedad se han ensañado en fijar como una impronta imborrable en nuestra psiquis a las mujeres y se nos vende como el clímax del supuesto amor sin advertir lo que realmente se disfraza allí y la posteridad de su sobrevalorado «final feliz »—.
He conocido parejas que se rastrean por GPS, tienen acceso al WhatsApp del otro o a sus redes sociales, vinculan sus dispositivos a los de la otra persona incluso ya conviviendo todo por ese apetito voraz de adueñarse no solamente de la permanencia sino crear una suerte de pertenencia mutua bajo el pretexto de ser « familia ». Pero, ¿qué resulta de hacer de esa intensidad inicial del enamoramiento invasión del otro y el primer motivo de convivencia que a menudo termina convirtiéndose en una hipervigilancia orwelliana?
La castración de la autenticidad y la intimidad del otro
Entre tanto se refuerza la codependencia emocional de manera inmadura, la vida de una persona termina volcándose en la de la otra. Normalmente si las personas no son lo suficientemente adultas mental y emocionalmente y carecen de vidas con un significado propio, el miedo a la soledad en el presente y futuro amenazarán con incertidumbre en la continuidad, asunto que justamente quiere evitarse con la convivencia o el matrimonio. Queremos de una u otra forma obligar al otro a llenar ese vacío que somos incapaces de llenar por nuestro lado invadiendo sus espacios personales. ¿Pero a qué se debe esa dependencia cuando se nos impone a las mujeres?
Recuerdo de adolescente y ya de adulta cuando mi mamá temía que saliera básicamente a cualquier lado sin un hombre mayor que yo —comprendo los riesgos que enfrentábamos las veces que salimos a la calle de niña, las persecuciones de viejos pedófilos violadores al salir del jardín de niños que nos hacía correr desesperadamente buscando pasar la avenida o refugiarnos en alguna tienda, pero nunca comprendí cómo era posible que el supuesto « hetero patriarcado » solamente nos respetara si nos acompañaba otro hombre. Ahí no hay ninguna filia hacia las mujeres sino ante todo hacia los hombres—.
Las características emblemáticas del arquetipo enaltecido de la doncella que se nos inculca a las mujeres no estandarizan otra cosa que un estereotipo de la jerarquía que es el género. Fundamentalmente nos priva de cualquier posibilidad de emancipación. Es un programa que nos hace desconfiar de nuestras capacidades individuales porque quiere decir que bajo esa premisa del miedo, a las mujeres se nos sigue infantilizando en la adultez. Nos hace creer que somos inválidas con frecuencia y que lo que mejor nos puede pasar —incluso teniendo nuestras carreras bien establecidas— es convivir, casarnos o tener hijos como si no fuéramos suficientes siendo quienes somos.
¿Amantes o cuidadoras?
Sin embargo, al retomar esa dimensión que es la convivencia, este complejo de Estocolmo con el que a menudo vivimos las mujeres se refuerza en la convivencia. Alguien tiende a adoptar un rol de custodio de las tareas de cuidado, a veces al punto de negarse actividades para sí y evita que el otro se responsabilice de sí. Esto engendra una fuerte esclavitud doméstica —¿dónde queda la vida de quien es esclavizado: normalmente la mujer, sobre todo cuando hay descendientes de por medio? Y si la mujer quiere ser mujer además de convivir, ser esposa o madre hay un fuerte estigma que gira en torno a ella: ante la norma patriarcal no podemos ser madres, convivir y ser mujeres libres al mismo tiempo—. Asunto que deriva en la desvinculación de quien se acoge al cuidado del rol de su posibilidad de ser amante. Tengo la fuerte sospecha de que el enamoramiento se da cuando sabemos que el otro es independiente de nosotros y tiene una vida que es válida por sí misma. De modo que en la pérdida de ese dinamismo también se enuncia no solamente la muerte de ese ser amantes sino también la muerte prematura de la relación.
Deseo
La división entre «madonna » y puta surgen del punto anterior. La convivencia además de implicar a menudo la pérdida del dinamismo que enriquece normalmente las relaciones cuando se está desarrollando el noviazgo, hace que se desvanezcan los ritos individuales que posibilitan el florecimiento del otro y todo aquello de la pareja o que las personas son que refrescan el deseo. No obstante hay que tener en cuenta dónde se sitúa a tal o a cual mujer. A la libre como igual, amante, Afrodita y a ese híbrido de Hestia, Hera y Gea como quien cuya tarea la supedita al cuidado del hogar y la nutrición del mismo, ese no haber perdido a mamá que tanto quiere el mamón. Normalmente a esta llega a un punto en que no se la desea, pero es clave para seguir edificando la continuidad porque no tiende a cuestionar su papel y sabemos que se acuesta con mamón—hombre que incluso de adulto depende de una mamá y que en este caso proyecta esa idea en su compañera—. De la otra no sabemos con quién se acuesta entonces se la ve como la puta pero transita en una nube de deseo. El deseo sigue en el aire cuando no tenemos el control de la otra persona y no deberíamos tenerlo porque en ese misterio: la otra persona es sí misma y bastaría con sentir satisfacción con quien se es para dormir con tranquilidad sin importar si una persona convive o no con nosotros. Eso sí, tengan la relación que tengan usen preservativos.

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