A pesar de que la endometriosis afecta a cerca de 190 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva en todo el mundo, no se sabe cuál es su causa. ¿Por qué? No lo sé. Las enfermedades de las mujeres no son estudiadas con la premura y el rigor que hace que las grandes potencias pongan a sus mejores investigadores a encontrar vacunas para disputarse su descubrimiento cuando una pandemia detiene la producción del mundo entero. La endometriosis también detiene a una gran parte de quienes representamos casi la mitad del mundo, pero es una afrenta contra nuestra humanidad reducir nuestro papel al de parir o producir para que el globo siga en marcha.
Cuando tuve mi menarquía iba a cumplir 13 años, estaba en el salón del curso de lectura rápida y escuchaba a mis compañeros socializar sobre los libros que habían leído en la semana. En el grupo era la única hembra adolescente, había señores que querían forzarse a leer de negocios para hacerse ricos de la noche a la mañana, otros estaban obsesionados por los libros de Coelho y Riso para superar sus duelos posmatrimoniales, pero también estaba yo, que amaba la poesía, el ensayo, las novelas de ficción, leer cuanta cosa me explicara el funcionamiento del mundo o me hiciera formular nuevas preguntas. Leer y hablar de lo que leía tejía mis rupturas interiores, mi sentido de no pertenencia. Entendí que quienes no sentíamos pertenecer a alguna parte teníamos un lugar. Este ha sido un rito que hoy 20 años más tarde sigo disfrutando.
Ese día Iba a hablar de Poe, del corazón y de las cataratas; de los dientes de Berenice; de una esposa que parecía revivir cuando un cuervo hablaba; de Valdemar y el intento de restaurar la muerte para jugar a ser dioses. Iba a hablar de todo eso cuando repentinamente justo ese día de plenilunio me bajó por primera vez. Una tibieza me invadía de adentro hacia afuera inusualmente. Un corrientazo había encendido esa ducha cálida y vaporosa de viscosidad de ungüento. Me enraizó a la silla. El dolor y el miedo adormecieron mis piernas. Mi corazón era una locomotora que probaba a volverse un TGV, despedía sustancias químicas distintas desde mis adentros y chorros de agua por mi frente. Pensé en no decir nada, así que cerré los ojos por un momento, descansé la cara que fallecía en los dorsos de mis manos mientras que alguno de mis compañeros hablaba de la competencia entre mercados y de cómo los millonarios debían su éxito al lema de Adam Smith. La sangre ése día me hervía y electrocutaba también. —Lo que sea que se esté desvaneciendo dentro de mí dejará huella en mis pantalones violeta claro, se verterá hasta mis pies y tendré que ponerme el saco en la cadera— pensé.
Recuerdo haber sentido esas descargas que amenazaban con fulminarme días antes cuando me dejaba en pantaloneta para ir a clase de educación física, pero que también se disipaban cuando alargaba mis zancadas al correr. Poco sabía que ese salto a la adolescencia me advertiría de un proceso más doloroso con el paso de los años. La lectura al azar que me fue asignada ese día como evaluación de comprensión era sobre Leonardo y el diseño de unas alas que se basaban en la biomecánica de las aves y de los murciélagos. La esperanza que Kant decía que no tenía que perder algo me decía también. Cada vez que el síndrome premenstrual me pone de rodillas ante este mundo en el que no pedí nacer, me armo de valor e imagino que corro tan largo que me desprendo del suelo y que en la voluntad de encender mi cuerpo encuentro un par de alas enormes que son analgésicas. El deporte me devuelve ese fragmento vital que se lleva la endometriosis. A veces empujo las pesas de los aparatos del gimnasio como rogándole al cuerpo exorcizar ese dolor que conlleva la condición que padezco.
Con el paso del tiempo aprendí a normalizar esta dolencia, sin embargo; el año pasado el cuerpo se hartó de fingir la gravedad de la endometriosis. Los achaques me hacían vomitar, a veces todavía me pasa. Es extraño que una dolencia te doblegue a ese punto. He vivido casi de todo, la progesterona ha acrecentado mis dolores porque además de padecer endometriosis soy una persona altamente sensible, por tanto, sus efectos secundarios me hunden en la tierra de una oscura y amarga depresión acompañada de migrañas y las náuseas de las que hablé anteriormente. Sé lo que es mojar las sábanas de sudor frío y no querer salir de allí. He vivido lo que son las inyecciones de medicamentos antihistamínicos en el endometrioma y todo el horror que puede ser que te introduzcan agujas y espéculos a través de la vagina.
En años anteriores recuerdo haber dado con parejas irresponsables preocupados exclusivamente por su deseo, su ego de penetraciones profundas y descuidadas. Una vez supe lo que pasaba y descarté que fuera un tumor, fue también traumático el proceso, acudí a terapeutas alternativos. Me revictimizaron con asuntos que no tuve que haber vivido para darme frascos ámbar de vidrio con gotas homeopáticas. Me han dicho que me pasa por feminista, por no querer tener hijos, que soy débil porque no me aguanto los cólicos que se viven distinto cuando tienes endometriosis; que si soy rigurosa con la progesterona puedo evitar una laparoscopia. También me han dicho que al extirpar el endometrioma de dos centímetros menos del tamaño de mi útero, no tengo garantías de no tener más.
En todo caso, resisto. Ser deportista me redime y me sana por unos instantes. Dependo de esto, de mantas calientes, de medias de un algodón esponjoso y de analgésicos. A menudo trabajo desde la cama dopada por pastillas que a veces no me sirven, soy responsable con mi alimentación porque cuando algo me cae mal me afecta doblemente y detona ese otro malestar con el que vivo. Mi diagnóstico fue tardío y vine a enterarme de él a través de una ecografía de despistaje cuando el endometrioma que tenía ya estaba grande.
Tengo la fortuna de trabajar de manera remota lo más que puedo. Pero me pongo a pensar en aquellas adolescentes y mujeres que no pueden ponerse una bolsa caliente o tomar algo para mermar levemente su dolor en una oficina, de pie en un banco, una tienda o pasando frío en la calle. Hacen falta brigadas de atención menstrual para adolescentes y mujeres en las condiciones de mayor vulnerabilidad. A veces, la endometriosis hace menstruar más de 11 días como a mí me ocurrió.
Necesitamos que el mundo invierta en investigación rigurosa para entender sus causas y enfrentar este cíclope cuyas células pueden crear más dolor y sangrado en otras partes de nuestro cuerpo además del endometrio. He conocido mujeres a quienes les han sacado el útero, el bazo y la vesícula por esta razón. Hay que romper el estigma no sólo de la menstruación sino de la endometriosis para identificar cuando los dolores premenstruales no son normales.
Aunque la técnica de mapeo sirve para rastrear las otras zonas en donde puede alojarse el tejido del endometrio, los tratamientos de progesterona tienen efectos que afectan seriamente la salud de las mujeres como las migrañas, la depresión, la pérdida significativa de calcio que produce dolor muscular y articular entre otras. La endometriosis detiene nuestra capacidad de disfrutar la vida en plenitud y de crear puentes para lograrla.


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